martes, 13 de octubre de 2015

Cervezas artesanas: Gara, de La Palma


Parece que el "boom" de las cervezas artesanas ha hecho un poco de "bluf" en los últimos meses. Al menos eso me parece a mi. Se encuentran, por supuesto, en las estanterías de tiendas de referencia e incluso siguen abiertos algunos negocios exclusivamente dedicados a la venta de este tipo de productos. Pero me llega menos información, hay menos movimiento en redes sociales y ya parece que se ha estabilizado eso de que "cualquiera puede hacer su propia cerveza".

Sí, casi cualquiera puede, pero tampoco es lo normal. Como no lo sería que nos pusiéramos ahora a destilar whiskys en casa o a vinificar las uvas de la parra que nuestros padres tienen junto a la entrada de la casita que heredaron de los abuelos. En fin, que siempre ha sido mejor probar lo que hacen aquellos que saben y hoy por hoy es completamente legal hacerlo. Aunque cada uno tiene sus vicios, sus aficiones y se gasta el dinero en lo que quiere.

Es ahora precisamente que se ha pasado un poco la moda cuando me apetece hablar de este tipo de productos, que siempre me han parecido interesantes, pero de los que me he querido desligar. Porque yo soy así. Si me leo un best-seller lo hago cuando llega la edición de bolsillo barata y cuando nadie habla de él. Si está de moda ir a los mercados tradicionales transformados en rollo pseudo-gourmet, no me vas a encontrar allí. Yo soy de los que va a la tienda de móviles y pregunto por el último modelo recién salido... para comprarme el anterior. Que es más económico, pero que además sus actualizaciones lo convierten en más estable. Y no parezco un friki al recibir una llamada sacando el móvil como para fardar. Me da cosica, qué quieren que les diga.

Bien, pues ayer probé la cerveza Gara, elaborada en la isla de La Palma, donde agua de calidad tienen de sobra y han sabido crear un producto muy digno, que ha conseguido sin duda transmitir su espíritu artesanal. No soy experto en catas, aunque algo sé. Y el camino hacia el utópico dominio de los sentidos se camina paso a paso. Así que vamos a andar un poco:

Marca: Gara
Origen: Los Llanos de Aridane, La Palma, Islas Canarias.
Graduación alcohólica: 5,2%

Vista: Color marrón cobrizo turbio, debido a su no filtración (aunque muy poco residuo se aprecia) y probablemente a su refermentación en botella. Espuma cremosa de persistencia media.

Aromas: Al perder un poco de frío muestra notas a cacao y níspero maduro. Igual no has leído nunca una nota de cata de cervezas en las que se hable de olor a níspero maduro pero oye... es lo que me pareció. Y es un olor agradable, lo cual mola.

Boca: Entrada dulzona sin empalagar. Encuentro algo de especias, sobretodo clavo y quizá un poco de canela. Pero la canela la encuentro ya al final, tras haber tragado. Un agradable amargor en el postgusto me trae a la memoria la canela pura, en rama. Se nota la malta de manera intensa. Dice la etiqueta que está elaborada con tres maltas. No sé distinguirlas, pero me gustan las cervezas con la malta muy presente. Rollo Voll Damm.

En definitiva es una cerveza equilibrada, que llega a paladares con cierto camino andado en el mundo de las cervezas artesanales y que convence. Perfecta para cualquier ocasión: como aperitivo, con unas aceitunas, tapas frescas, ensaladas, pastas, pescados y platos ligeros. ¡Salud!


sábado, 18 de abril de 2015

Yo, no me los trago


Qué cansado estoy de esta moda de los concursos, realities y "talent shows" alrededor del mundo de la cocina. No me los trago. Ninguno de ellos. Por más que los vistan de educativos y por más que traten de convencernos de que están haciendo mucho por la promoción de la cultura gastronómica de nuestro país. Esto no es cierto.

Para aprender a cocinar hay que estar lejos de los focos y las cámaras. La mejor manera de empezar de verdad es haciendo de comer para los que más quieres. Disfrutando al 100% de reuniones gastronómicas en las que la comida se convierta en excusa y nexo de unión de amistad y conversaciones. Luego hay que formarse en escuelas de verdad. Y después hay que entrar a trabajar en alguna cocina profesional donde te enfrentas al verdadero muro de piedra que representa una profesión como esta. Un muro que hay que derribar a golpes de pasión y sacrificio. Para dedicar toda una vida a trabajar preparando comida para otras personas, dedicando los fines de semana, los festivos, las horas en las que los demás comparten con sus familias alrededor de una mesa, hay que sentir verdadera pasión. Si no, lo mejor es dejarlo. O buscar la manera de trabajar en ello, pero en un negocio orientado de manera que te permita conciliar una vida social y familiar estable, además de unas horas de descanso suficiente.

No es normal, no, que cuando estás preparando un plato de pescado de repente entre alguien en cocina y te diga: "ahora me incluyes en la receta una oreja de cerdo", como he visto en el programa Master Chef. Si a cualquiera de los miembros del jurado de ese programa les hacen eso en sus restaurantes, ponen al promotor de tan absurda idea de patitas en la calle. ¿La cocina es improvisación? No. En la cocina profesional la improvisación debe ser mínima. Mejor, inexistente. La improvisación está genial en casa, cuando abres la nevera y encuentras ingredientes aparentemente inconexos y tú, a nivel doméstico, te inventas una cena divertida. En una cocina profesional todo debe estar medido, pesado, calculado y ensayado. Un equipo de cocina profesional debe funcionar como una orquesta de música clásica capaz de interpretar de manera perfecta una partitura de Claude-Achille Debussy (compositor francés conocido por escribir música en la que cada intérprete deja su impronta personal al ejecutar una pieza. Algo muy parecido a elaborar una receta de cocina)

Por eso es absurdo que sometan a los concursantes, que como condición insalvable del programa no han podido tener ningún tipo de experiencia profesional, a lo que quieren vendernos como "la presión propia del trabajo en un restaurante". Porque esto no tiene comparación. Hay que estar dentro de una cocina real, en horario de servicio, sabiendo que eres el responsable de que la gente que espera en la sala sacie su hambre y, además, disfruten de una experiencia gastronómica fantástica, para saber lo que es la presión real en cocina.

Éste sí que sabe de hacer cocina en televisión. Él sí es educativo y entretenido.

La televisión sólo busca dinero gracias a la audiencia. También la televisión pública. Y lo encuentran sometiendo a los concursantes a presiones desmedidas buscando que se rompan. Que se desesperen, que lloren, sufran. ¿Qué tiene todo eso de constructivo? Nada. 

En el programa Master Chef, que esta semana ha sido "Trending Topic" y por el que se ha dicho y escrito mucho, han aprendido en estas tres ediciones. Saben cómo funcionan las audiencias y los miembros del jurado se han convertido, trabajando lejos de los fogones, en animales televisivos sin escrúpulos. Capaces de humillar a un chaval de 18 años, que llegó al programa cargado exclusivamente de ilusión, ante millones de espectadores. Su "León come gamba" era ridículo, muy gracioso. Nos podemos reir CON su chef, haciéndole ver que aquello no va en la línea de lo esperado. Pero no sacarlo al circo con los leones de verdad para disfrutar de cómo lo descuartizan.

Porque todos cometemos errores. También los miembros del jurado. Y esto además es perfectamente comprobable, parándonos a leer (en el caso de Pepe Rodríguez y Jordi Cruz) las críticas más negativas de sus restaurantes en portales como Tripadvisor. Hay muchas quejas y mucha gente disgustada. Bien es verdad que son las críticas menos numerosas. Pero las hay. Porque todos nos equivocamos. Una crítica común, en los restaurantes de estos cocineros como las de otros tan mediáticos que aparecen en otros canales de televisión, es que se nota que los chefs propietarios no están presentes en su negocio. La gente los quiere ver en la cocina y no en la televisión. 

PD: Tampoco me vale lo de "lo instructivo que es Master Chef Junior" con los niños. Yo no expondría nunca a un menor a un espectáculo semejante (ni mucho menos a mi hijo) a un programa de televisión con ese nivel de exigencia y tensión. Para aprender cocina están las escuelas, no las productoras de televisión.


jueves, 11 de diciembre de 2014

La Tunera, de Manolo González

Interior de La Tunera
En el barrio teldense de San Gregorio (Gran Canaria), a mitad del callejón Betancor Fabelo, se encuentra un restaurante llamado La Tunera que, aunque a pie de calle, destaca muy por encima del resto de su localidad y cuyas artes (las de Manolo González, propietario y cocinero) merecen sin duda un lugar más destacado en el panorama hostelero de las islas.

Manolo es un hombre tímido en el trato personal, mucho más expresivo en su carta, su pizarra de sugerencias y por supuesto en sus platos. Su cocina, como la de los grandes chefs, está basada en sus raíces, en su casa y su niñez. Es de estos profesionales con pasión que siempre quisieron ser cocineros y que se mostraron inquietos por aprender, sin poner cortapisas a la idea de hacer la maleta y salir. Aprender fuera y volver a casa para tratar de mejorar semana tras semana. Discípulo de Manolo de la Osa y del tristemente fallecido Carlos Cidón (quien con 49 años ostentaba una estrella Michelín y dos Soles Repsol), González supo extraer de ellos la filosofía de trabajo a la que siempre ha querido dar continuidad: estética e innovación, trabajando ingredientes y recetas con raíces e identidad autóctona.

Falafel de lentejas de Lanzarote
En La Tunera puedes encontrar platos típicos canarios elaborados a la perfección y como marca la tradición. Algunos es difícil encontrarlos en restaurantes que se tienen por muy autóctonos y que, en el caso de tenerlos en carta, la mayoría de las veces están pésimamente hechos. Tal es así que en las sugerencias de La Tunera puedes encontrar, junto a elaboraciones que fusionan técnicas e ingredientes orientales con curiosas salsas, unas carajacas o unos caracoles que podrían estar firmados por mi madre. Simplemente espectaculares. No dejes de probar las "Croquetas de pescado como las que hacía mi abuela". Es coger la denostada croqueta y ponerla en un altar.

Siempre he admirado a Manolo, pero no puedo dejar de contar una anécdota que me pasó hace unos años. El día que dije "este tío es muy bueno" no fue al probar sus más sofisticadas elaboraciones. Fue una tarde que me pilló la hora del almuerzo trabajando por la zona. Y al plantearme las opciones cercanas, aunque La Tunera era la que me pillaba más lejos, no lo dudé. Iba a comer solo y cuando me ofrecieron el menú del día elegí una ensalada templada de primero y una merluza rebozada de segundo. La ensalada estaba muy rica, pero cuando me trajeron la merluza aquello fue un espectáculo. Sí, una merluza rebozada puede ser un espectáculo. Los que estamos acostumbrados, al menos durante algunas épocas del año, a tener que almorzar mucho fuera de casa, sabemos qué engendros te pueden plantar delante cuando pides un pescado rebozado. Puede ser terrible.

Pero cuando me pusieron aquel plato de merluza rebozada delante, con papas sancochadas y una salsa muy fina que, creo, no era más que una emulsión con ajo, perejil y cilantro, un almuerzo rápido para seguir trabajando se convirtió en un acontecimiento. La ecuación resultante, que olía de maravilla, se componía de un trozo de pescado fresco envuelto en una fina capa de rebozado (casi una tempura) cocinado al punto perfecto. Una tontería, sí. Pescado rebozado. Pero qué bueno estaba.

Mi conclusión rápida fue que Manolo González saca todo lo que tiene en su mente y en sus manos en hacerte dos platos de menú del día. Y lo que sitúa a un plato tan simple en un lugar privilegiado no puede ser otra cosa que el cariño que él le pone a todo lo que pasa por sus fogones. El mismo que le pone a la receta más sorprendente y moderna. Desde hace tiempo, es lo que más valoro en un restaurante. Porque el mimo que dedica un cocinero a una de sus creaciones dice mucho más sobre sus capacidades y su profesionalidad que la simple intención de hacer las cosas bien.

Batatas Bravas
De mi última visita me sorprendió de manera muy positiva el "Falafel de lentejas de Lanzarote" y una sugerencia fuera de carta como las "Batatas Bravas". Patatas no, batatas. Finamente cortadas, fritas bien crujientes y con una salsa brava emulsionada en sifón muy rica de sabor y de ligera textura. Podría decir muchas más cosas de La Tunera de Manolo González, pero por miedo a extenderme demasiado las resumo en su excelente carta de vinos, con presencia de referencias de la tierra y una selección de vinos de toda España que merece mucho la pena y otra de las novedades: una selección de cervezas canarias artesanales que dan mucho juego.

Siendo justos y poniendo la mirada de aquí a muchos años, espero que La Tunera se convierta en un lugar de peregrinación de obligado paso para los gastrónomos más creyentes. También poder ver a Manolo en un futuro con un gran restaurante en la capital o donde a él le de la gana montarlo, si sale de Telde. Que tampoco tiene porqué. Pero son cosas mías.

La Tunera
Tlf: 928 691 363
www.latunera.com

Dónde está:

jueves, 20 de noviembre de 2014

Quesos cárnicos... y olorosos


Lavar la corteza de un queso recién hecho, remojarlo en salmuera u otras soluciones, fue una práctica usada en la Edad Media por los monjes europeos. Se dieron cuenta de que esto fomentaba la aparición y el desarrollo de bacterias que daban al queso un sabor más picante, restándole acidez. Y hay quien dice, que esto "les hacía más llevadera la abstinencia de carne". 

En la Champaña francesa, en un lugar conocido como Ardenas, existe un queso de tamaño pequeño conocido como "langres". Su sabor es más bien salado y con frecuencia se asemeja al del tocino. Recuerdan a esos pastelitos portugueses hechos de natilla que si no recuerdo mal son conocidos como "Pasteles de nata", en cuanto a tamaño y forma, pero gustativamente resultan mucho más "contundentes". Pero este queso no es el único al que se le atribuyen cualidades "carnosas". Émile Zola decía que el camembert olía a venado. El queso italiano "Taleggio", un queso de sabor intenso, dicen que sabe a ternera. El queso azul, por lo general, tiene recuerdos de grasa. Y también es verdad que si entras en la sala de curación de quesos de cabra, el olor recuerda mucho al del establo, ese olor "a macho cabrío". ¿El queso huele a macho o el macho emite un olor lácteo? Difícil pregunta.

En cualquier caso, hablamos siempre de quesos muy potentes de gusto... y olor. A la hora de comerlos conviene acompañarlos de otros sabores que no solo consiguen un impacto más suave en boca sino que entre ellos realzan y complementan su propio maridaje de manera extraordinaria. Ya sea en crudo, o cocinados. Es el caso del ajo, el anís (los sabores anisados, tipo matalauva, semillas de eneldo, el apio, el comino, el hinojo...), manzana, nueces, pera, papa...

¿Pensabas que el queso azul, los quesos de oveja, o la Torta del Casar eran los quesos con un olor más fuerte que existen? Pues no, hace poco leí que según un estudio realizado en la Universidad de Cranfield, el "Vieux Bologne acervezado" fue declarado el queso más oloroso del mundo. 

Pero hay otro caso más curioso... y es el del aparentemente inofensivo queso que ilustra este post: conocido como "Époisses". En Francia, está prohibido subir al transporte público con uno de ellos. ¡Increíble! Cómo debe oler...

lunes, 10 de noviembre de 2014

La carnicería de mi barrio



En una época convulsa económicamente como la que estamos viviendo, lo habitual es ver cómo los pequeños negocios de barrio van cerrando. Muchos de ellos por abrir sin hacer el más mínimo estudio de mercado, aunque sea un estudio de mercado tan concienzudo como darte un paseo por las calles cercanas a ver si hay negocios como el tuyo y qué nivel de competencia pueden suponer. Es el caso de las peluquerías, por ejemplo. En la calle en la que vivo, la calle de atrás, y algunas de las transversales he contado catorce peluquerías. Catorce. ¿Vive tanta gente en este barrio como para que las catorce peluquerías sobrevivan pagando alquileres, sueldos, impuestos...? Difícil.

Desde hace seis o siete años un matrimonio abrió una carnicería justo al lado de casa. Con muy buena pinta, desde el principio. José Pedro tenía muy buena mano con los cuchillos y su máxima preocupación ha sido siempre conseguir carne de primera calidad. Y fresca, siempre fresca. No encontrarás nada congelado, ni descongelado, en su mostrador. Si el lunes llegó media ternera del matadero, entró un solomillo. Si lo quieres, debes apresurarte porque igual no llegas. Y si se acaba, se acabó. Porque nunca te venderán solomillo descongelado como si fuera fresco.

Es un detalle que habla maravillas de un negocio como este. Y probablemente en este tipo de detalles se cimenta su éxito.

¿Cuál puede ser la competencia de esta carnicería de barrio? ¿Qué amenazas la circundan? Pues no son pocas. Y algunas de ellas han llegado después de que ellos decidieran abrir sus puertas. En un radio de unos dos kilómetros a la redonda, José Pedro y Carolina encuentran tres supermercados Mercadona (que nunca han tenido muy buena carne, pero es barata, y eso también es otro problema) un Hiperdino, un Hipercor, un Supercor y dos supermercados Spar. Cualquiera se habría puesto a temblar, como pequeño empresario autónomo. Pero no Jose y Carolina. Han continuado su apuesta por la carne de primera calidad pero, además, han redoblado esfuerzos y exprimido su imaginación para que su negocio siguiera creciendo. En esto el mérito recae en Carolina.

Ella se formó en cuestiones de despiece y corte de la carne junto a su marido, que a ojos de cualquiera desde el principio demostró tener una pericia fuera de lo común. Pero ella no quiso quedarse en esto. Tenía claro que había que ofertar más y mejor. Darle a los clientes más motivos todavía para decidirse por tenerles a ellos como proveedores únicos de productos cárnicos en sus neveras domésticas. En cualquier carnicería, una medida de aprovechamiento de determinadas piezas de carne y de algunos recortes de despiece, es hacer carne picada para elaborar albóndigas. O hamburguesas. Pero Carolina quiso darle una vuelta de tuerca. ¿Por qué hacer las mismas hamburguesas que hace cualquiera? ¿Sólo carne picada salpimentada y con algo de ajo y cebolla? No. Puso en marcha su imaginación y desde hace años puedes encontrar hamburguesas cuyo relleno tiene cebolla caramelizada, bacon, secreto ibérico, queso, sobrasada, curry... e incluso foie. Recuerdo unas hamburguesas de Carolina 100% de carne de buey con foie que son una auténtica exquisitez.

A tanto ha llegado el tema de estos preparados que ha creado su propia marca, con registro sanitario, tan simple como "Las hamburguesas de Carol". Perfectamente etiquetadas con su logo, su número de registro y sus ingredientes y componentes obligatorios por Sanidad.

Pero ahí no acaba la cosa: Cerdo ibérico, de primera calidad, con su sabrosa carne y su grasa entreverada. También cochino negro canario con el que cada dos semanas elaboran una de las hamburguesas más demandadas ¿Más cosas? Puedes conseguir gracias a ellos, bajo pedido, pollo ecológico certificado. ¿Más? Elaboran sus propios embutidos: chorizos, morcillas, salchichas, butifarras, sobrasada... ¿Más? Otros preparados elaborados con hojaldres listos para pintar con huevo y hornear. Y seguramente se me está olvidando algo.

No me canso: en unas estanterías situadas frente a las neveras encontrarás por un lado una selección de vinos fantástica con referencias de blancos y tintos traidos de toda España que puedes acompañar perfectamente con lo que vayas a preparar y por otro, productos de primera necesidad junto a una selección de productos gourmet como sales, aceites, vinagres, salsas, patés...

Así de fácil y así de complejo y sacrificado. Desde hace unos meses, con la apertura del último Spar justo en la acera de enfrente, decidieron no cerrar a mediodía. Tenían un empleado contratado y ahora tienen a otra chica más. Se mantienen, apuestan por el producto de calidad, satisfacen una demanda en la zona que no se encuentra en ninguna de las grandes superficies de la competencia, y se distancian a base de imaginación y mejora continua.

Carolina y José Pedro han logrado crear un oasis de la buena carne para aquellos (viene a comprarles gente de todos lados de la ciudad, sobretodo los fines de semana, e incluso de otros municipios) que nos preocupamos por comprar buen producto y nos permiten salir con la satisfacción de saber que su negocio familiar es sostenible, pese a la feroz competencia. Y que así sea por muchos años.

¿Dónde está?
En la Avenida Pintor Felo Monzón, número 30, local 2.
Las Palmas de Gran Canaria - Teléfono 928414370

martes, 30 de septiembre de 2014

Gallaúras y Chalazas

Galladura, o 'gallaúra'

Desde pequeño quise meterme en la cocina. Ayudaba a mi madre en diferentes menesteres que casi siempre eran compartidos también por mis abuelas. Pelar papas, desgranar judías, empanar croquetas... pero a la hora de acercarme al fuego lo primero que se me permitió hacer fue, como supongo que a muchos de ustedes, tortillas francesas. Batir huevo, añadir sal, verter en una sartén caliente con un poco de aceite, dejar cuajar, plegar, servir. 

Y cuando estudié cocina en HECANSA, lo primero que tuvimos que hacer fue precisamente tortillas francesas y huevos fritos. Probablemente una de las tareas más difíciles que se nos encomendaron. Una cocina industrial, con un fuego mucho más potente que el de cualquier casa, con unas pequeñas sartenes que ardían (asa incluida) y teniendo que utilizar una técnica profesional (a la hora de elaborar verdaderas "tortillas francesas") que convertían la misión en casi imposible. 

La cosa es que de toda la vida he venido escuchando un término que suena como muy canario, sin serlo, y que en realidad está equivocado. Se trata de la palabra "gallaúra" o "galladura". La raíz del nombre parece ayudar a no confundirse pero muchos la utilizan como no es. 

Cientos de veces escuché que la "gallaúra" es esa especie de hilo blanco que se encuentra al romper un huevo, adherido a la yema. Hay quien dice que esto significa que el huevo está fecundado. Tampoco. 

Efectivamente, si el huevo está fecundado podremos encontrar la galladura,  pero no es este hilo blanco que en realidad se encuentra en todos los huevos, que se llama "chalaza" (cuanto más frescos, mejor se ve) y que no es más que una estructura de proteínas (pertenece a la clara, que está compuesta en un 90% de agua y en un 10% de proteínas) que une la yema a la cáscara. La galladura, pues, en caso de verse es una mancha blanca en la yema, como se puede ver en la foto. 

Al respecto de la extensión del término "galladura" ruralizado como "gallaúra" vuelvo a encontrar nexos de unión de la sociedad canaria post conquista con los habitantes de Extremadura, lugar del que vinieron muchos de los primeros pobladores de las islas, junto a los portugueses. Algunos diccionarios del habla tradicional, como éste de Madroñera (Cáceres) así lo recojen.

En portugués: "Galadura"

sábado, 6 de septiembre de 2014

[RESET] En el principio, fue la ostra.



Mucho tiempo sin escribir nada por aquí. No por falta de ganas, sino de tiempo.

Estas dos son las frases más repetidas de la blogosfera, sin duda. Y vienen acompañadas de una firme promesa en plan monarca, afirmando aquello de "lo siento mucho, no volverá a ocurrir". Por eso yo, no voy a hacer promesas. No sólo porque no lo siento, sino porque probablemente vuelva a ocurrir. Seguro que es la mejor manera de conseguir la regularidad en las publicaciones.

Cuando pasa tanto tiempo a uno no se le ocurre nada interesante que comentar y mira que mi trabajo me hace moverme siempre dentro del sector gastronómico pero... da igual. Por ello me he planteado hacer un "reset". Volver a empezar. Y haciendo este ejercicio de borrón y cuenta nueva me vino una frase fantástica de Felipe Fernández-Armesto, con la que comienza su libro "Historia de la comida" (1ª edición, 2004 - Ed. Tusquets):

"Así no se comen las ostras"

Maravilloso. Así es como un catedrático de la Universidad de Oxford empieza un libro de historia. Una primera frase que te atrapa. Luego ya atraviesas partes muchísimo más indigestas literariamente hablando pero el aperitivo es genial. Y me acordé de esta frase por lo que explica Fernández-Armesto sobre las ostras y su lugar en la historia. Es un reset cerebral, una conexión con la BIOS que todos tenemos en el hipotálamo (léase esto con acento en plan Eduard Punset) El concepto "ostra" es como una pequeña pila inagotable que sostiene el sistema más básico de nuestro procesador cerebral en lo que a el instinto alimenticio se refiere.

Cuando comemos una ostra, citando a un experto: "recibes un penetrante retazo de mar, con todas sus algas y sus brisas (...) Estás comiéndote el mar y nada más que el mar, aunque algún tipo de encantamiento haya hecho desaparecer la sensación de beber un trago de agua salada".

La cosa es que la ostra es prácticamente el único alimento que seguimos comiendo no sólo crudo, sino vivo. Eso sí es cocina "natural". Además es el único alimento que seguimos consumiendo que sabe exactamente igual que cuando lo comían los primeros homínidos. Ellos se mojaban el culo para conseguirlas y nosotros vamos a restaurantes con mesa y mantel pero cuando te metes la ostra en la boca y la muerdes, estalla el mar, catalizado por el tierno organismo de un ser vivo que lleva miles de años alimentándonos. Y así ocurría, así ha venido ocurriendo desde siempre. Algunos se ponen un poco místicos y dicen que esta explosión de sensaciones conecta en nuestro cerebro con ese hombre primitivo y que comer ostras es mucho más que comer marisco. Parece casi un viaje. Como este blog. Un viaje que vuelve a empezar.

En lo que a mi respecta... ya les contaré el día que pruebe una ostra. Lo prometo. ¡Ay! ¿No era que yo no hacía promesas?